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¿Y si planifico y fracaso?

Julia y yo seguíamos sentadas en la terraza de aquel café, disfrutando nuestra segunda taza.

Lo que había comenzado como un encuentro banal entre dos amigas se había transformado en algo muy distinto.

Sin buscarlo, nuestra conversación se convirtió en una especie de sesión de coaching improvisada.

Poco a poco, Julia iba descubriendo las creencias que durante años había tenido sobre la planificación.

A medida que hablábamos, algo en ella parecía cambiar. Su cuerpo se inclinaba cada vez más hacia la mesa. Su expresión se veía más relajada. Había menos resistencia y más curiosidad.

Y entonces ocurrió algo.

De repente, me miró fijamente a los ojos y me dijo:

—¿Sabes qué? Me da miedo planificar.

La escuché en silencio.

—Me da miedo planificar y luego no cumplir lo que planifiqué.

Yo la miré y le pregunté:

—¿Y por qué te da miedo eso, Julia?

Se quedó pensativa unos segundos.

—Porque me da miedo sentir que fracasé.

Después de una pausa añadió algo todavía más profundo:

—Y no es solo con la planificación. En realidad, muchas veces prefiero no comprometerme con nada ni con nadie porque no quiero sentir que no lo logré.

Por primera vez en toda la conversación, parecía haber llegado al verdadero origen del problema.

Luego sonrió.

—Al menos es un alivio darme cuenta de esto.

Y esta vez, sin que yo dijera nada, continuó hablando.

—Pero ¿sabes qué? Prefiero intentarlo. Porque me doy cuenta de que no es tan grave fracasar.

Se quedó pensando unos segundos más.

—Además, ¿qué significaría realmente fracasar en la planificación?

Volvió a sonreír.

—Significaría que al menos lo intenté. Que me desperté sabiendo qué era importante para mí. Que me tomé el tiempo de pensar cuáles eran mis prioridades del día. Que traté de darle una dirección a mi día y a mi vida.

Mientras hablaba, parecía descubrir las respuestas por sí misma.

—Y también me doy cuenta de algo más. Estoy dispuesta a aceptar que la vida ocurra. Que las cosas no siempre salgan como yo quiero. Que aparezcan imprevistos. Que me distraiga. Que cambien las circunstancias.

Respiró profundamente.

—Y aun así, no llamarme un fracaso.

Porque una cosa es no cumplir un plan y otra muy distinta es fracasar.

No cumplir un plan puede ser información.

Puede ser una experiencia.

Puede ser aprendizaje.

Puede mostrarte qué te distrae, qué te interrumpe, qué actividades realmente te importan y cuáles no.

Puede enseñarte mucho sobre ti misma.

Entonces intervine por primera vez en varios minutos.

—Y también descubrirás que habrá cosas que planifiques y que simplemente no querrás hacer y eso es información… o que sí hiciste todo lo que habías planificado.

Julia se echó a reír.

Luego, volvió a quedarse pensativa unos segundos antes de concluir:

—Gracias a estas conversaciones me doy cuenta de que planificar no es una obligación. Es una oportunidad.

Una oportunidad para decidir qué quiero hacer con mi tiempo.

Una oportunidad para descubrir qué es realmente importante para mí.

Una inversión de tiempo y energía que me permite tener más claridad y más control sobre mi vida.

Luego levantó su taza de café y añadió:

—Voy a intentarlo. No espero hacerlo perfecto desde el principio. Pero voy a intentarlo.

Ahora entiendo algo:

Quizás el objetivo de la planificación no sea cumplirla al 100%. Quizás el objetivo sea conocerme mejor.

Y antes de despedirnos me dijo:

—Ya te contaré qué tal me fue.

Empieza pequeño

Si tú te sientes como Julia. Si en el fondo te da miedo planificar porque no quieres no lograrlo, entonces empieza pequeño: Planifica mañana aunque solo sea una tarea importante. No para cumplirla perfectamente, sino para observar qué aprendes de ti misma.