Julia terminó su segundo café. Me miró directamente a los ojos y, con un tono solemne, me dijo:
—Siento que tengo una traba más.
Guardó silencio unos segundos y luego continuó:
—Cada vez que pienso en planificar, ya me siento sobrecargada, abrumada y estresada. Entiendo las ventajas, pero tengo la impresión de que, si empiezo a hacerlo, terminaré mis días con todavía más obligaciones de las que tengo ahora.
Después añadió:
—¿Tienes algún consejo para mí?
Lo que vivía Julia no me sorprendió. Es algo que escucho con frecuencia en mis sesiones de coaching. Muchas personas quieren planificar, pero al mismo tiempo temen que su agenda termine convirtiéndose en una larga lista de tareas y responsabilidades.
Así que le respondí:
—Sí, tengo dos consejos para ti.
El primero es muy simple: la primera cosa que debes hacer cada semana es
planificar un momento para ti.
Reserva dos horas y dedícalas exclusivamente a hacer algo que te apetezca. No algo que deberías hacer. No algo que sería útil. Algo que realmente quieras hacer.
Puede ser salir a caminar, leer una novela, bailar, ver una película, o simplemente descansar.
Cuando haces esto, envías un mensaje muy poderoso a tu mente: tú eres importante.
Además, tu relación con la agenda cambia por completo. Deja de ser una colección de obligaciones para convertirse en una herramienta que también protege tu bienestar y tu disfrute.
Julia se quedó pensativa unos segundos.
Era como si acabara de descubrir que una agenda no tenía por qué ser una cárcel de obligaciones, sino un espacio donde también podía reservar tiempo para sí misma.
—Me gusta, sonrió. ¿Y cuál es tu segundo consejo?
—Asegúrate de planificar a diario un momento agradable.
No tiene que ser una hora completa. Puede ser algo tan sencillo como quince minutos de lectura, una caminata corta, una llamada con una amiga o escuchar tu canción favorita.
La planificación no es un objetivo en sí misma.
Es una herramienta para ayudarte a construir una vida que disfrutes más.
La expresión de Julia cambió por completo.
—Es un verdadero desafío para mí —reconoció—. Entre el trabajo, la familia y todas mis responsabilidades, siento que mi vida ha perdido un poco de brillo. Si consiguiera añadir quince minutos de diversión cada día, ya sería mucho más de lo que tengo ahora.
Y decidió intentarlo.
Ahora te dejo la misma pregunta:
¿Cómo podrías regalarte hoy quince minutos para hacer algo que te haga sentir bien?
Quizás el problema no es que no tengas tiempo para disfrutar.
Quizás el problema es que nunca lo has considerado una prioridad.