Hablaba con una amiga que me decía cuánto le cuesta botar los peluches de su hijo de 13 años, o la ropa de cuando ella pesaba 10 kilos menos. Actualmente está haciendo un curso de organización y eso la está ayudando a comenzar a liberar su casa de todos aquellos objetos que ya no usa y que más bien estorban, pero que le cuesta mucho sacar.
Personalmente, yo no tengo este problema, o al menos creía no tenerlo. Siento que no me cuesta liberarme de objetos que ya no me sirven o que ya no quiero tener cerca de mí. Sin embargo, cuando ella habló de los peluches, recordé que yo también tengo una cantidad absurda de peluches de mis hijos. Ellos todavía están pequeños, sí, pero había tantos que ocupaban más espacio del necesario y generaban más desorden que otra cosa.
Mientras hablábamos, algo hizo clic dentro de mí.
Al llegar a mi casa, lo primero que hice fue agarrar todos los peluches y ponerlos en el piso. Había tantos peluches que ya ni siquiera los veíamos.
Luego les pregunté a mis hijos cuáles querían guardar y cuáles querían regalar a otros niños. Para mi sorpresa, la tarea fue rápida, sencilla y hasta divertida. Entre los dos escogieron fácilmente sus favoritos y decidieron donar el resto.
En menos de cinco minutos habíamos liberado casi la mitad de los peluches.
Y ahí recordé algo fundamental: somos profundamente influenciados por las personas que nos rodean.
Muchas veces creemos que nuestras decisiones son completamente propias, pero la realidad es que vivimos absorbidos por las costumbres, pensamientos y estándares de quienes forman parte de nuestro entorno cercano. La conversación con mi amiga me permitió ver algo que yo misma no estaba viendo.
Eso me hizo recordar una experiencia de hace años, cuando fui a Italia a estudiar italiano. Pasé tres meses en Florencia haciendo un curso intensivo. La mayoría de las personas que estaban conmigo habían ido principalmente a pasear. Entre paseo y paseo asistían a clases. Yo, en cambio, estaba completamente enfocada en aprender el idioma. Pasaba gran parte del día estudiando, practicando y tratando de avanzar lo más rápido posible.
Naturalmente, progresaba mucho más rápido que mis compañeros.
Recuerdo perfectamente el día en que una compañera me preguntó:
—¿Por qué sigues en este nivel? ¿No te das cuenta de que eres la que habla mejor italiano del grupo?
Luego me dijo algo que nunca olvidé:
“Nunca seas la persona con mejor nivel dentro del grupo.”
Esa frase me impactó profundamente.
Al día siguiente pedí inmediatamente que me cambiaran de nivel. Y aunque sí mejoré muchísimo mi italiano, lo más valioso que me llevé de esa experiencia fue esa lección: rodearte de personas mejores que tú transforma tu manera de pensar, de actuar y de crecer.
Porque cuando estás rodeada de personas que ya viven naturalmente aquello que tú quieres construir, comienzas a ver ese resultado como algo normal y posible.
Si quieres mejorar tu alimentación, pasa tiempo con personas que comen sano.
Si quieres mejorar tu gestión del tiempo, acércate a personas organizadas, disciplinadas y enfocadas.
Si quieres crecer profesionalmente, relaciónate con personas ambiciosas, creativas y valientes.
Si quieres más paz mental, deja de normalizar ambientes llenos de drama, crítica y negatividad.
Tu entorno no solo influye en tus resultados. Influye también en lo que crees posible para ti.
Muchas veces el verdadero cambio no ocurre cuando haces más esfuerzo, sino cuando dejas de rodearte de personas que normalizan exactamente aquello de lo que estás intentando salir.
¿Las personas que más frecuentas te acercan a la vida que quieres… o te mantienen exactamente donde estás?
A veces no estás estancada por falta de capacidad. Estás estancada porque tu entorno convirtió tu caos en algo normal.