Renunciar a lograr algo, por muy difícil que sea, es lo que la mayoría de las personas hace. No seas como ellas.
Imagina a alguien que quiere desarrollar un hábito nuevo o abandonar uno que ya tiene. Alguien que quiere hacer ejercicio a diario, por ejemplo. Lo intenta una vez. Luego otra. Y otra más. Sin embargo, el resultado parece repetirse: los primeros dos días lo logra. El tercero ocurre algo y no lo hace. Se frustra. Se desanima y el cuarto día, abandona.
Renuncia y continúa viviendo exactamente como lo ha hecho hasta ahora.
Y sí, cambiar puede ser difícil.
Pero aunque renunciar parezca la opción más sencilla, en realidad no lo es.
¿Sabes por qué?
Porque cuando renuncias no solamente dejas de alcanzar el cambio que deseas. También sigues reforzando tu antigua versión. Continúas viviendo con los mismos hábitos, los mismos resultados y las mismas limitaciones.
Pero hay algo todavía más importante.
Cada vez que renuncias, tu autoestima paga un precio.
Poco a poco comienzas a verte como una persona que no logra lo que se propone. Como alguien que abandona sus objetivos. Como alguien incapaz de cambiar. Y esa imagen termina extendiéndose a otras áreas de tu vida.
Lo que comenzó siendo un intento fallido de hacer ejercicios, puede transformarse en una duda permanente sobre tus capacidades.
Mientras tanto, el deseo de cambiar no desaparece.
Ese proyecto que querías comenzar, ese hábito que querías construir o esa conducta que querías dejar sigue ahí, guardado en algún rincón de tu mente. Sigue recordándote que hay una parte de ti que quiere crecer, avanzar y transformarse.
Por eso no renuncies.
Puedes equivocarte. Puedes fallar. Puedes necesitar diez intentos o cien. Puedes avanzar lentamente. Puedes detenerte y volver a comenzar.
Todo eso forma parte del proceso.
Lo único que no debes hacer es abandonar aquello que realmente deseas.
Porque seguir siendo quien eres hoy puede parecer la opción más cómoda.
Pero a largo plazo, renunciar a tus sueños, a tus objetivos o a la persona que quieres llegar a ser es mucho más doloroso que cualquier fracaso temporal.
Fracasar duele.
Intentarlo muchas veces puede cansar.
Pero renunciar a ti misma siempre cuesta más.