Ayer estaba sentada con mi amiga Julia tomándonos un café tranquilamente cuando, en medio de la conversación, le comenté que yo planifico todos mis días.
Para mí fue un comentario completamente natural. Es parte de mis hábitos desde hace años. Pero para ella fue una sorpresa total.
Se quedó literalmente boquiabierta.
No lo podía creer. Sus ojos y toda su expresión facial demostraban una mezcla de asombro y curiosidad.
Después de unos segundos procesando la información, me confesó que yo era la única persona que conocía que hacía algo así.
Entonces me hizo una pregunta que muchas personas probablemente también se hacen:
—Pero si planificas todos los días, ¿no pierdes demasiado tiempo haciéndolo?
Me eché a reír.
Porque sí, planificar consume tiempo.
Identificar qué quieres hacer. Definir cuáles son tus prioridades. Decidir qué no vas a hacer. Elegir qué harás primero y qué dejarás para más tarde. Todo eso requiere algunos minutos de reflexión.
Pero jamás diría que ese tiempo está perdido.
El rendimiento de la planificación
Para mí, planificar es una inversión.
Como cualquier inversión, utilizas una pequeña parte de tu capital actual —en este caso, tu tiempo— con la intención de obtener un beneficio mucho mayor después.
Ese beneficio puede tomar muchas formas:
- Evitar perder tiempo en actividades poco importantes.
- Utilizar tu energía en las tareas adecuadas según el momento del día.
- Reservar las mañanas para aquello que requiere más concentración, creatividad o pensamiento estratégico.
- Dejar las tareas más administrativas o rutinarias para momentos de menor energía.
- Respetar tus ciclos naturales de atención y descanso.
- Identificar con claridad qué es verdaderamente importante para ti y qué no lo es.
- Tomar decisiones con menos estrés y menos improvisación.
El costo de la planificación
No planificar también tiene su precio:
- Utilizar tu tiempo en las prioridades de otras personas.
- Reaccionar constantemente a lo urgente.
- Intentar hacerlo todo sin distinguir qué merece realmente tu atención.
- Desperdiciar tu energía en tareas que podrías hacer mejor en otro momento del día.
¿Qué te deja más?
Para Julia, todo esto era nuevo. Llegó a nuestro café convencida de que planificar era una pérdida de tiempo y terminó preguntándose si había desaprovechado durante años una herramienta capaz de facilitarle la vida.
Por mi parte, sigo sorprendiéndome de que tantas personas continúen gestionando sus días completamente sobre la marcha, bajo el lema “como vaya viniendo, vamos viendo.”
Después de experimentar los beneficios de la planificación, me resulta difícil imaginar una inversión de tiempo más rentable.
Dedicar diez minutos a planificar me ha evitado horas de indecisión, cambios de tarea y prisas innecesarias.
Quizás la verdadera pregunta no sea cuánto tiempo te toma planificar.
Quizás la pregunta sea: ¿cuánto tiempo estás gastando al no hacerlo?