Los escritores profesionales suelen enfrentarse al fenómeno de “la página en blanco”: ese momento en el que no saben qué escribir, ni por dónde empezar. El miedo a no tener ideas o a no ser capaces de producir contenido puede llegar a bloquearlos por completo.
Creo que el resto de los mortales podemos enfrentarnos al fenómeno contrario, que yo llamo “las páginas negras”.
Las páginas negras aparecen cuando no conseguimos parar. Cuando no sabemos descansar, decir que no o simplemente dejar de hacer.
Es ese momento en el que estás tan acostumbrada a vivir en modo productividad que terminas sintiéndote embotada.
Haces, haces y haces, pero llega un punto en el que ya no sabes distinguir qué es realmente importante y qué no lo es.
Qué deberías hacer. Y qué deberías abandonar.
Cuando te acostumbras a vivir en un estado de productividad extrema —creando informes, asistiendo a reuniones, respondiendo mensajes, aceptando nuevas tareas y tratando de demostrar que produces cada vez más— puedes terminar diciendo que sí a todo.
Incluso puedes llegar a pedir más trabajo.
Y mientras tanto, no te das el espacio necesario para parar y pensar.
Para distinguir lo prioritario de lo innecesario.
Para generar nuevas ideas.
Para cuestionarte si lo que estás haciendo sigue teniendo sentido.
Para abandonar lo que ya no sirve.
Para decidir qué merece realmente tu tiempo y tu energía.
Porque a veces el problema no es que no tengas nada que hacer.
El problema es que tienes demasiadas páginas abiertas y ninguna en blanco.
Y quizá necesites cerrar algunas antes de poder volver a pensar con claridad.