Jueves. Cinco de la mañana.
Abro los ojos y me hago la misma pregunta de siempre.
¿Me levanto, me preparo y voy al gimnasio? ¿O me quedo acostada?
La duda aparece inmediatamente.
Antes de responder, recuerdo la última vez que me hice esa misma pregunta.
Ayer decidí quedarme en la cama. Después me arrepentí.
Así que esta vez respondo distinto. Me levanto.
No porque tenga ganas. No las tengo.
Me levanto porque sé que, una vez esté de pie, tendré la energía para ir al gimnasio. Y, sobre todo, porque sé cómo me sentiré al terminar el entrenamiento.
Eso hago.
Y, efectivamente, no me arrepiento.
Voy al gimnasio y la energía que me deja esa sesión me acompaña durante toda la mañana.
Y, pese a esto, sé que la respuesta no será siempre levantarme a las 5:00 a.m.
Si el día anterior tenga una jornada especialmente intensa, con muchas reuniones, un proyecto importante que terminar y un esfuerzo mental considerable; si mi cuerpo está cansado o no me siento físicamente bien, podré decidir algo distinto.
Quedarme en cama, por ejemplo.
Y puede que ésa sea la buena respuesta.
Para mí, eso es la disciplina.
No consiste en obligarte siempre.
Consiste en hacer lo correcto.
Consiste en hacer aquello que dijiste que harías, aunque no te provoque, pero sin dejar de escuchar a tu cuerpo cuando realmente necesita algo distinto.
La disciplina es un arte.
Y, como todo arte, no sigue reglas absolutas.
No se trata de hacer siempre lo más productivo.
Tampoco de hacer siempre lo que el cuerpo pide.
Porque, a veces, lo más productivo no es lo mejor para ti.
Y otras veces, aquello que tu cuerpo pide no es descanso, sino vencer la incomodidad inicial y empezar.
Ser disciplinada también significa ser flexible.
Aceptar que aquello que planificaste hace una semana quizá ya no sea la mejor decisión hoy.
Pero también significa exigirte cuando sabes que solo estás buscando el camino más cómodo.
Si tuviera que resumir la disciplina en una fórmula muy sencilla, diría que es un 90 % hacer lo que dijiste que harías y un 10 % de flexibilidad.
Porque la mayoría de las veces no tendrás ganas.
Y precisamente por eso ese compromiso contigo misma es tan importante.
Pero ese pequeño margen de flexibilidad también es necesario.
Las circunstancias cambian.
Tu energía cambia.
Tus prioridades cambian.
Y la verdadera disciplina sabe adaptarse sin convertirse en una excusa.
Porque nuestro cerebro, cuando puede elegir entre la comodidad y el esfuerzo, casi siempre elegirá la comodidad.
La disciplina consiste en aprender a pedirte un poco más cuando eso te hará crecer.
Y, al mismo tiempo, aprender a darte permiso para descansar cuando eso sea realmente lo que necesitas.
Ese equilibrio es el que, con el tiempo, te llevará mucho más lejos que cualquier rigidez.
La disciplina no consiste en luchar contra tu cuerpo.
Consiste en aprender a distinguir cuándo tu cuerpo necesita un impulso
y cuándo necesita descanso.