Te sientas en tu escritorio para comenzar a trabajar y te recuerdas que hoy dijiste que terminarías ese reporte. Por fin. Ese reporte que llevas semanas prometiéndote terminar.
Ah, pero también te acuerdas de que quizás también tengas un correo pendiente. Quizás sea importante.
Así que, en lugar de ponerte a trabajar, abres tu correo.
Y efectivamente: tienes cinco o seis correos nuevos esperando ansiosamente que les dediques tu tiempo.
Perfecto.
Decides que el reporte puede esperar hasta esta tarde. Seguramente a las dos, después de comer, tendrás más ganas.
O mañana. Mañana será un mejor día.
Y así sigues posponiéndolo.
Quizás lo tuyo no sea la procrastinación.
Quizás sea esa actividad que decides hacer justo antes de salir y que, una vez más, hace que llegues tarde a una cita.
O ese colega que te propone tomar un café justo cuando estabas concentrada en algo importante y al que vuelves a decir que sí.
Todos tenemos una o varias situaciones en las que sabemos que hay una acción que sería mejor hacer y, sin embargo, terminamos haciendo otra.
Hacemos lo que nos apetece en ese momento, en lugar de lo que habíamos decidido hacer.
Y entonces aparecen nuestras frases:
“¡La vida es una sola!”
“Empezaré mañana.”
“Esto es solo una excepción.”
“Es que no tengo fuerza de voluntad.”
“Ser disciplinada no es lo mío.”
A veces estas excusas son tan convincentes que parecen completamente legítimas.
Por eso, la próxima vez que te encuentres en uno de esos pequeños momentos de duda, cuando tu diálogo interno esté a mil por hora, quiero proponerte una pregunta diferente.
No te preguntes si tu excusa es válida.
No te preguntes si realmente importa hacerlo ahora.
Pregúntate:
¿En quién me convertiré si continúo tomando esta misma decisión una y otra vez durante los próximos años?
Imagina los dos escenarios.
¿Qué tipo de persona estarás construyendo si sigues eligiendo lo fácil, lo inmediato, lo que te apetece en ese momento?
¿Y quién podrías convertirte si empiezas a elegir, una y otra vez, aquello que sabes que realmente quieres hacer?
No necesitas tomar decisiones perfectas.
Pero sí puedes empezar a mirar tus pequeñas decisiones de otra manera.
Porque una decisión aislada probablemente no cambiará tu vida.
Pero una decisión repetida puede hacerlo.
Así que, la próxima vez que tengas que elegir entre lo que te apetece ahora y lo que dijiste que querías hacer, no pienses solamente en este momento.
Mira un poco más lejos.
¿En quién te estás convirtiendo con esta decisión?