¿Qué pasa con nuestra generación?
La semana pasada tuve cuatro conversaciones profundas. Cuatro conversaciones diferentes que tenían algo en común: se sentían desdichadas.
Los motivos variaban. Algunas hablaban de problemas de pareja. Otras de dificultades laborales. Otra quería mudarse de ciudad y tenía problemas convenciendo a su esposo.
Lo que me llamó más la atención fue esta frase con la que una de ellas terminó la conversación:
– “Yo sé que estoy ganando peso porque en las noches me deprimo y como para que se me pase,” me dijo.
Al terminar esas conversaciones me quedé pensando.
Porque ellas no son las únicas.
Lo que ocurrió la semana pasada fue simplemente una versión concentrada de algo que vengo observando desde hace tiempo: muchas mujeres alrededor de los cuarenta años parecen atravesar una especie de crisis.
Cuando analizo con detalle sus vidas me doy cuenta de que son “casi perfectas”.
Una se va a casar con el amor de su vida, la otra acaba de comprar una casa con jardín, digna de revista.
Cuando comparo estas conversaciones con lo que escuchaba de mi madre o de otras mujeres de su generación cuando tenían edades similares, tengo la impresión de que los problemas no necesariamente son peores hoy.
Lo que parece haber cambiado es la percepción de esos problemas.
Tenemos la expectativa de que todo en nuestras vidas debería ser perfecto. Y cuando no lo es, creemos que eso, en sí, es un problema.
Evolucionamos en los problemas
El ser humano está diseñado para detectar problemas. Gracias a ello hemos sobrevivido como especie.
Nuestro cerebro presta mucha más atención a las amenazas, a lo que falta y a lo que no funciona que a todo lo que marcha bien.
Sin embargo, vivimos en una época curiosa.
Por un lado, la tecnología nos facilita innumerables tareas. Muchas personas disfrutan de comodidades que habrían parecido extraordinarias hace apenas unas décadas.
Por otro lado, las redes sociales nos exponen constantemente a versiones idealizadas de la vida de los demás.
Vemos lo mejor de lo mejor y creemos que es la vida corriente de todo el mundo.
Y poco a poco comenzamos a creer que nuestra vida también debería verse así.
Que deberíamos lograrlo todo, más rápido.
Que las cosas deberían resultar más fáciles.
Que los problemas no deberían existir.
Entonces, cuando aparecen los fracasos, las dificultades o los obstáculos inevitables de la vida, sentimos que algo anda mal.
No porque los problemas sean necesariamente más graves.
Sino porque creemos que no deberíamos tenerlos.
Y ahí está, quizás, una de las trampas más grandes.
El objetivo de la vida no es eliminar todos los problemas.
La pregunta es cuáles son los problemas que elegimos tener y cómo decidimos interpretarlos.
Por eso hoy quiero invitarte a tomar un poco de distancia respecto a tus dificultades actuales.
Cómo evolucionar gracias a los problemas
Pregúntate:
¿Mis problemas son realmente tan graves como los percibo?
¿O estoy comparando mi vida con una versión idealizada e irreal de cómo debería ser?
Los problemas forman parte de la vida.
Siempre han estado ahí y siempre estarán.
No les demos más poder del que tienen.
Aceptémoslos como parte del camino, resolvámoslos cuando sea posible y aprendamos a construir una vida feliz incluso en su presencia.
Porque la felicidad no llega cuando desaparecen todos los problemas.
Llega cuando dejamos de exigirle a la vida que sea perfecta.
El verdadero problema no son los problemas…
…Es la falsa percepción de que no deberíamos tener ninguno.