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El poder de la siesta

Necesito contarte lo que me pasó hoy porque cambió por completo un hábito que tenía.

Estaba hablando con un colega y me contó que nunca toma café. Simplemente no le gusta. En ese momento me di cuenta de que compartíamos algo: a mí tampoco me gusta el café.

Sin embargo, muchas tardes termino tomándolo.

No porque lo disfrute, sino porque llega un momento del día en el que me entra mucho sueño y siento que ya no puedo trabajar con la misma energía. Como el café solo no me gusta, termino tomando un capuchino, con leche y azúcar. Y, aunque sé que tampoco es la mejor opción para mi salud, lo hago por necesidad.

También sé desde hace tiempo que la siesta tiene muchos beneficios. Pero siempre me parecía más rápido y más práctico preparar un café y seguir trabajando desde el escritorio.

La conversación con mi colega me hizo cuestionar ese hábito.

Pensé: si no me gusta el café y tampoco quiero seguir tomándolo, ¿por qué no darle una verdadera oportunidad a la siesta?

Así que hoy decidí hacer el experimento.

Me propuse que, pasara lo que pasara, no iba a tomar café.

Tenía dos opciones: seguir luchando contra el sueño mientras trabajaba o detenerme unos minutos para descansar.

Escogí la segunda.

Programé una alarma para sonar exactamente 23 minutos después y me acosté.

Al principio pensé que no iba a dormirme. Cerraba los ojos, pero sentía que seguía completamente despierta. Como imaginaba que el tiempo avanzaba, empecé a decirme que, aunque no lograra dormir, al menos esos minutos con los ojos cerrados ya serían una forma de descanso.

Y, sin darme cuenta, me quedé dormida.

Me despertó la alarma.

Lo que ocurrió después fue lo que realmente me sorprendió.

Me levanté profundamente relajada. Me sentía descansada y despejada.

No era la sensación de activación que me produce el café. Era una energía completamente distinta: más tranquila, más natural, pero al mismo tiempo, muy enfocada.

No sentía que estuviera forzando a mi cuerpo para seguir trabajando. Sentía que simplemente le había dado lo que necesitaba.

Como si esos pocos minutos hubieran sido un pequeño reinicio.

No era la primera vez que cambiaba el café por una siesta, pero la experiencia de hoy fue tan positiva que tomé una decisión.

A partir de ahora voy a incorporar una siesta de unos 25 minutos todos los días, después del almuerzo y de mi caminata.

Hoy confirmé algo que ya intuía: para mí, 25 minutos de descanso son mucho más productivos que una taza de café.