Hoy, en mi computadora, revisé mi cuenta de WhatsApp. Muchos mensajes en los grupos, que revisé rápidamente, de los cuales habían tres para pedirme información o ayuda. Solo hubo un mensaje interesante en el que alguien compartía conmigo un video de desarrollo personal, y un amigo me preguntaba cómo estaba.
En cuatro días, nada extraordinario, pero perdí casi una hora viendo los mensajes y respondiendo a las personas.
Eso me confirma que estas aplicaciones son principalmente una fuente de distracciones, más que una de comunicación o de información.
Al querer responder a una persona, traté de instalar de nuevo WhatsApp. Como la restauración de datos llevó mucho tiempo, lo volví a desinstalar, pero al hacerlo también borré WhatsApp de mi computadora. Ahora sí, no tengo WhatsApp fácilmente accesible, ni de un lado, ni del otro. Y el tiempo que tomaría para volver a instalarlo es muy alto.
Instalé Telegram como substituto. Aunque aún no lo uso, parece más sobrio, más sencillo y da menos ganas de pasar horas ahí, que WhatsApp.
También miré las noticias desde mi computadora. Con la excepción de la buena noticia de que Venezuela jugará la final del Mundial de Béisbol, el resto de las noticias eran súper negativas.
Cada día me convenzo más de que estar desconectada de estas aplicaciones es la mejor decisión.