El día me alcanzó para mucho: ir a la piscina, disfrutar plenamente de mis hijos, llevarlos al parque y ver cómo jugaban con sus amiguitos, estudiar italiano, escribir este post, ir al gimnasio, y hasta tomar una siesta.
Me siento más relajada, y eso no lo atribuyo directamente al no tener tantas aplicaciones que mirar constantemente en mi celular, sino a todas las actividades que pude hacer porque no estaba mirando mi teléfono, especialmente la siesta y la piscina.
También me hace mucha falta hablar con mis hermanos. Por eso, al final del día, tomé prestado el celular de mi mamá (que sigue con WhatsApp) y tuve una linda conversación con mi hermana; no un intercambio de mensajes como solemos hacer, sino una conversación de verdad de casi una hora.
Quisiera buscar una manera de poder hablar con mis hermanos en el exterior, sin tener que pasar por WhatsApp.
El viernes, cuando decidí desinstalar las aplicaciones adictivas de mi celular, me dije que lo haría, en principio, al menos hasta hoy domingo. Tres días me parecen una buena prueba para ver si deseo continuar o no.
La respuesta es radical: por los momentos seguiré sin estas aplicaciones y sin mi navegador Internet, hasta nuevo aviso, considerando algunos ajustes necesarios.