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Cuida tu espacio físico

Es el primer día de tus vacaciones.

Llevas meses esperando este momento con ilusión. Reservaste una habitación en uno de los mejores hoteles de la ciudad. Llegas emocionada, abres la puerta, lista para dejar las maletas y disfrutar de unos días de descanso.

Pero, para tu sorpresa, la habitación está completamente desordenada y sucia.

Las sábanas no están tendidas, ni lavadas. Hay basura en el piso. Todo parece indicar que nadie ha limpiado ese lugar desde hace semanas.

Lo primero que haces es reclamar. Pides otra habitación o que te devuelvan el dinero. Es una situación que simplemente no puedes tolerar.

No aceptas eso de otro lugar pero, quizás tu propia habitación, tu escritorio o incluso los archivos de tu computadora reflejan, en mayor o menor medida, esa misma realidad.

El problema no es únicamente el desorden exterior.

El verdadero problema son las consecuencias que ese ambiente genera en nuestro interior.

El ambiente físico es, muchas veces, un reflejo de nuestra mente.
Y al mismo tiempo, también la influencia.

Además, cada vez que nuestros ojos recorren un espacio saturado de objetos, nuestro cerebro debe procesar mucha más información. Ese pequeño esfuerzo, repetido cientos de veces al día, consume atención y favorece una sensación de caos.

Un ambiente desordenado favorece una mente más dispersa y caótica. En cambio, un espacio limpio, organizado y agradable facilita la concentración, la calma y la claridad mental.

Esperamos que un hotel de cinco estrellas, más allá de sus lujos, sea un lugar cuidado y ordenado.

Entonces, ¿por qué no tratarnos a nosotras mismas como una persona de cinco estrellas?

El error más común

Uno de los errores más comunes en este aspecto, consiste en conservar absolutamente todo “por si acaso”… por si algún día lo necesito.

Esa mentalidad suele convertirse en la receta perfecta para llenar nuestra vida de objetos que pesan más de lo que ayudan.

Cada objeto ocupa un espacio físico, pero también un espacio mental.

Aplicación práctica

No necesitas transformar toda tu casa hoy.

De hecho, te recomiendo que no limites este ejercicio a tu hogar o tu oficina. Lo mismo puedes aplicar al escritorio digital, el correo electrónico, las carpetas del computador, el celular.

De hecho, te recomiendo exactamente lo contrario: empieza pequeño, con un espacio mínimo. Puede ser un cajón de tu escritorio, una gaveta, una carpeta de tu computadora o un estante.

Vacíalo por completo.

Coloca todo su contenido a un lado.

Y luego, objeto por objeto, pregúntate —como propone Marie Kondo— si realmente ese objeto te llena de alegría.

Si se trata de documentos, ¿realmente necesitas conservarlos?

¿Cuándo fue la última vez que utilizaste esa aplicación en tu celular?

Luego, una vez que hayas respondido a esa pregunta, si decides no seguir conservándolo, agradécele el servicio que te prestó y déjalo ir.

En el caso contrario, si tu decisión es conservarlo, asígnale un lugar definitivo: su propio hogar.

No conserves cosas únicamente porque sientes que “deberías”.

Haz que cada objeto que permanezca en tu vida, cada archivo, cada aplicación contribuya, de alguna manera, a que te sientas mejor.

Más allá de ordenar, diseña tu entorno

Más allá de mantener un ambiente limpio y ordenado, lo que te propongo es que ese ambiente apoye, en todos sus aspectos, la productividad y el tipo de vida que deseas llevar.

Haz que tu ambiente sea agradable pero, sobre todo, que facilite tu vida.

Para ello, te propongo que te hagas las siguientes preguntas:

  • ¿Mi escritorio favorece la concentración?
  • ¿Mi cocina favorece comer sano?
  • ¿Mi dormitorio favorece descansar?
  • ¿Mi teléfono favorece aprender o distraerme?
  • ¿Mi casa favorece la calma?
  • ¿Tengo todo a mano cuando debo trabajar?
  • ¿Hay un espacio propicio para cada área de mi vida?

Cuidar tu espacio físico también es una forma de cuidar tu mente.

Tu espacio físico habla de ti.
Pero, sobre todo, habla contigo todos los días.
Haz que ese diálogo te inspire y no te desgaste.