Hace unos días me desperté sin ganas de hacer gran cosa. Ya había planificado mi día y mi agenda estaba repleta, pero mi energía simplemente no estaba ahí.
¿Cuándo fue la última vez que tuviste un día así, en el que simplemente no tenías ganas de hacer nada?
Quizás te sentías triste, frustrada, molesta, desmotivada o simplemente sin energía. Lo único que querías era detenerte. Sin embargo, una voz dentro de ti repetía una y otra vez que deberías estar haciendo cosas, que no está bien sentirte así, que deberías ser más disciplinada, más productiva o más fuerte.
Incluso es posible que comenzaras a compararte con otras personas que, desde tu punto de vista, parecen estar siempre motivadas, organizadas y llenas de energía.
Si eres un ser humano, probablemente esto te ocurra con cierta regularidad.
Creo que el verdadero problema no es que esto suceda. El problema es que casi nadie habla de ello.
Con frecuencia confundimos la disciplina con la capacidad de funcionar como una máquina. Pensamos que ser disciplinada significa levantarse todos los días con la misma energía, la misma motivación y el mismo entusiasmo.
Pero la productividad no consiste en eso.
La verdadera productividad consiste en reconocer que habrá días extraordinarios y otros mucho más difíciles.
Habrá días en los que trabajarás con facilidad, disfrutarás de tus proyectos y sentirás que todo fluye.
Y habrá otros en los que avanzar unos pocos pasos ya será una gran victoria.
Ambos forman parte de una vida normal.
La naturaleza funciona exactamente así.
No todos los días hay un cielo completamente despejado. Existen estaciones. Existen ciclos.
El cambio no es un error de la naturaleza. Es una de sus principales características.
Y nosotros también somos naturaleza.
Entonces, quizás el problema no sea sentirte mal.
Quizás el verdadero problema sea todo lo que te dices cuando eso ocurre.
Tal vez te llamas perezosa. O poco disciplinada. O piensas que nunca lograrás tus objetivos. Y comienzas una conversación interna mucho más dura que la situación original.
Por supuesto, siempre conservas la capacidad de decidir cómo responder ante lo que sientes.
Pero esa respuesta no necesita comenzar con la culpa. Puede comenzar con la aceptación.
No eres una máquina. No necesitas sentirte extraordinariamente bien todos los días para construir una vida extraordinaria.
Reconoce cómo te sientes hoy.
Acéptalo sin juzgarte.
Haz lo mejor que puedas con la energía que tienes en este momento.
Y recuerda algo importante: así como los días buenos no duran para siempre, los difíciles tampoco.
Todo cambia. Todo pasa.
Y quizás, precisamente gracias a esos días difíciles, puedas apreciar mucho más los días en los que vuelvas a sentirte llena de energía, esperanza y alegría.
La próxima vez que tengas uno de esos días, en lugar de preguntarte ¿qué me pasa?, prueba preguntarte: ¿Qué necesito hoy? ¿Necesito descansar? ¿Necesito mover mi cuerpo? ¿Necesito hablar con alguien? ¿Necesito bajar mis expectativas por hoy?
La disciplina no consiste en sentirte bien todos los días; consiste en tratarte bien todos los días.