La tierra tembló. Muy fuerte. Muchas veces.
Dos terremotos sacudieron Venezuela el miércoles 24 de junio. Dos terremotos como no se veían en mi país desde hace más de un siglo.
Ese miércoles dos terremotos impactaron mi país. Mi corazón está arrugadito.
La fuerza de la naturaleza se encontró con la fragilidad de lo construido por el ser humano, y el resultado ha sido devastador en muchas zonas.
No dejo de pensar en las personas que han perdido a alguien.
En las que aún buscan a sus seres queridos bajo los escombros.
En quienes han visto su casa dañada o destruida.
En quienes están intentando entender cómo se reconstruye la vida después de algo así.
Tampoco dejo de pensar en todas las personas que, sin pensarlo dos veces, salieron a ayudar a sus familiares, a sus vecinos y a tantos desconocidos.
A quienes tratan de salvar vivas, sin contar con ninguna maquinaria. Solo sus manos, las mejores intenciones y un gran corazón.
También pienso en la fragilidad de lo cotidiano. En lo rápido que lo que damos por estable puede dejar de serlo. En cómo unos segundos pueden cambiarlo todo.
No hay mucho más que decir cuando algo así ocurre.
Solo queda el respeto.
Y el deseo sincero de que quienes están atravesando este momento encuentren apoyo, ayuda y cuidado alrededor.