Soy venezolana y llevo casi veinte años viviendo en París. Además, siempre he trabajado en contextos internacionales y mis amigos vienen de distintas partes del mundo.
Pero creo que una de las experiencias que más me ha permitido descubrir la importancia de nuestra relación con el tiempo es mi matrimonio. Mi esposo es francés y yo soy venezolana, y convivir con alguien que tiene una relación culturalmente diferente con el tiempo me ha hecho descubrir algo que antes no veía.
No todos entendemos el tiempo de la misma manera.
Y muchas veces ni siquiera somos conscientes de ella.
Aquí te doy un ejemplo.
Una de nuestras mayores discusiones con mi esposo ocurrió después de que, un día, él me llamó bastante cansado para preguntarme cuándo iba a llegar a casa.
Yo estaba en una tienda y le dije:
—Sí, ya voy.
Para mí, ese “sí, ya voy” significaba:
He escuchado lo que me estás diciendo. Entiendo que quieres que vuelva a casa. En cuanto termine aquí, voy.
Para él significaba algo completamente diferente:
Voy para casa inmediatamente después de colgar el teléfono.
Entre esa llamada y el momento en que finalmente llegué a casa pasó aproximadamente media hora (o un poquito más 😉).
Cuando llegué, estaba muy molesto conmigo.
Y yo, sinceramente, no entendía por qué.
Para mí, yo había dicho exactamente lo que pensaba.
Para él, yo había dicho una cosa y había hecho otra.
Y probablemente los dos teníamos razón… desde nuestra propia interpretación de la expresión “ya voy”.
Y ahí aparece algo interesante: una misma conducta puede ser perfectamente normal para una persona y completamente inaceptable para otra.
Las diferencias culturales en nuestra relación con el tiempo son reales.
Y no se trata de criticar o alabar a unas personas o a unas culturas por su manera de tratar el tiempo.
Se trata de entender que no todos hemos aprendido las mismas reglas.
Para algunas personas, una hora es una hora.
Para otras, una hora puede ser una referencia aproximada.
Para algunas, “ya voy” significa “voy ahora”.
Para otras, significa “he entendido que debo ir y lo haré en cuanto pueda”.
Para algunas, un plazo es un compromiso preciso.
Para otras, puede existir más flexibilidad alrededor de él.
Y cuando trabajamos o vivimos con personas de culturas diferentes, estas diferencias pueden generar conflictos que, en realidad, nadie pretendía provocar.
Por eso creo que una de las mejores herramientas cuando trabajamos o vivimos en contextos internacionales no es asumir que los demás entienden el tiempo como nosotros.
Es aclarar qué esperamos.
¿A qué hora exactamente?
¿Hoy o mañana?
¿Antes de las cinco o al final del día?
¿Cuando puedas o en cuanto termines lo que estás haciendo?
Parece obvio.
Pero no siempre lo es.
Porque nuestra manera de cumplir horarios, planificar, esperar, llegar tarde o incluso decidir qué significa “ahora” puede depender de la cultura en la que hemos vivido mucho más de lo que creemos.
Y ahora quiero hacerte una pregunta.
¿Cómo crees que manejarías tú el tiempo si hubieras crecido en una cultura completamente diferente a la tuya?
¿Serías igual de puntual?
¿Planificarías de la misma manera?
¿Te molestaría tanto que alguien llegara tarde?
¿O quizá descubrirías que muchas de las reglas que hoy consideras naturales sobre el tiempo… en realidad las aprendiste?