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Tu mente es como un jardín que hay que cultivar

La parcela de mi infancia

Cuando era pequeña, mis padres compraron un terreno baldío en el campo.

Poco a poco decidieron transformarlo.

Cada fin de semana íbamos hasta allá y los veía quitar las malas hierbas, limpiar el terreno y sembrar grama, árboles frutales y flores.

Era un terreno completamente salvaje, que exigía un trabajo constante y exigente.

Muchas veces se desanimaban al comprobar que, después de una semana sin ir, el monte volvía a crecer con fuerza, como si todo el trabajo realizado hubiera desaparecido.

Y bastaban unos días de abandono para que la naturaleza volviera a ocuparlo todo. Lo más extraño de todo es que las malas hierbas crecían naturalmente, sin ningún esfuerzo de mis padres, pero sus plantas y flores parecían exigir un esfuerzo constante.

Sin embargo, ellos continuaron, semana tras semana, año tras año.

Hasta que, poco a poco, lograron construir el jardín con el que siempre habían soñado.

Había árboles frutales, flores y amplias zonas de grama.

Pero, curiosamente, el trabajo no terminó allí.

Los árboles seguían necesitando agua, había que podarlos, abonarlos, cuidarlos constantemente, mientras que seguían apareciendo malas hierbas que era necesario quitar.

El jardín ya existía, pero seguía necesitando cuidados constantes.

Nuestra mente es como ese terreno baldío

Con el paso de los años comprendí que nuestra mente se parece mucho a ese terreno.

Cuando comenzamos a trabajar en nuestro desarrollo personal, descubrimos que nuestra mente también puede estar llena de malas hierbas.

Pensamientos limitantes, creencias negativas, miedos, críticas hacia nosotras mismas.

Ideas que quizás llevan años creciendo y “abonando” sin que nos hayamos dado cuenta.

Nuestro trabajo consiste en ir identificando poco a poco esos pensamientos y reemplazarlos por otros que nos ayuden a construir la vida que queremos.

No ocurre de un día para otro. Es un trabajo paciente, constante.

A veces parecerá que avanzamos y, unos días después, volverán a aparecer pensamientos que creíamos haber superado.

Y eso también forma parte del proceso.

Con el tiempo, si perseveramos, comenzaremos a notar que nuestra mente cambia.

Los pensamientos constructivos aparecen con mayor facilidad, la confianza crece, la calma aumenta.

Pero incluso entonces, el trabajo continúa. Porque la mente, igual que un jardín, nunca deja de necesitar cuidados.

Siempre habrá nuevas creencias que revisar, pensamientos que podar, ideas que fortalecer y alguna que otra mala hierba que arrancar.

Cultivar tu mente no es una tarea que se hace una vez en la vida.
Es una forma de vivir.

Y, como ocurre con un jardín bien cuidado, los frutos que terminarás recogiendo serán mucho mayores de lo que hoy puedes imaginar.

La pregunta no es si tu mente producirá algo.
Lo hará.
La verdadera pregunta es: ¿qué estás cultivando en ella cada día?