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Sentirte viva

Tres años tardaron en diagnosticarle un cáncer que ella sabía que tenía.

Hace unos días tuve una conversación que me dejó pensando durante mucho tiempo.

Anita, una vecina a la que aprecio mucho, me contó la historia del cáncer de mama que sufrió hace unos años.

Lo que vivió fue mucho más duro de lo que imaginaba.

Durante años sintió cambios en sus senos e incluso dolor. Sin embargo, el médico en quien más confiaba le recomendó que dejara de hacerse mamografías con tanta frecuencia, a pesar de que existían antecedentes de cáncer de mama en su familia.

Afortunadamente, llegó un momento en que decidió escucharse más a sí misma que a la opinión de su médico.

Se hizo una nueva mamografía. Tenía cáncer de mama.

Habían pasado casi tres años desde que comenzaron los primeros síntomas hasta obtener el diagnóstico correcto. Después vendrían dos años más de pruebas, tratamientos, operaciones y recuperación.

Mientras escuchaba su historia, sentía indignación por el tiempo perdido y por los consejos equivocados que había recibido.

Pero, curiosamente, eso no fue lo que más me impactó.

Lo que realmente me marcó fue otra cosa.

Anita me confesó que aquella enfermedad transformó por completo su manera de vivir.

Antes del cáncer era una persona muy distinta. Le encantaba quedarse en casa, llevar una vida tranquila y dejar muchas experiencias para “más adelante”.

La enfermedad cambió su forma de mirar el tiempo.

Comprendió, de una manera que pocas personas llegan a comprender, que la vida no es infinita. Que, tarde o temprano, a todos nos llega la despedida.

Desde entonces, cada mañana se despierta con una idea muy clara:

La vida es demasiado valiosa para vivirla a partir de mañana.

No me hablaba de grandes viajes ni de hazañas extraordinarias.

Me hablaba de vivir plenamente, de disfrutar más, de aprovechar las oportunidades. De decir más veces “sí” a aquello que realmente le importa.

Mientras la escuchaba, pensé en algo que observo con frecuencia como coach.

Muchas personas cambian profundamente después de una enfermedad, de un accidente o de una pérdida importante.

No porque la experiencia tenga poderes mágicos. Sino porque cambia la conversación que mantienen consigo mismas.

Los pensamientos que repetimos una y otra vez terminan moldeando nuestras decisiones, nuestras emociones y, con el tiempo, nuestra personalidad.

En el caso de Anita, esa conversación cambió para siempre.

Ahora se repite constantemente:

“La vida es única.”

“La vida es corta.”

“Quiero vivirla plenamente.”

Y entonces me hice una pregunta: ¿De verdad necesitamos atravesar una experiencia tan dura para empezar a vivir de otra manera?

Yo no lo creo.

Siempre he pensado que también podemos aprender de las experiencias de los demás.

Podemos tomar prestadas sus lecciones sin tener que pagar el mismo precio.

Quizá hoy sea un buen momento para hacerlo.

Si realmente sintieras que la vida es limitada, ¿qué harías de manera diferente hoy?

No dentro de diez años.

No cuando tengas más tiempo.

No cuando todo sea perfecto.

Hoy.

¿Qué decisión sencilla podrías tomar? ¿A quién llamarías? ¿Qué conversación dejarías de posponer? ¿Qué experiencia te regalarías? ¿Con quién pasarías más tiempo?

No hace falta esperar a que la vida nos sacuda para empezar a vivir con mayor intensidad.

A veces basta con recordar que cada día que despertamos ya es, en sí mismo, un regalo.

No esperes a que la vida te recuerde que es corta para empezar a vivirla plenamente.