Planificar no es tener una varita mágica
Julia, esa amiga que vi la semana pasada para actualizarnos, y con la que terminé hablando de mi hábito de planificar a diario, me hizo una pregunta reveladora:
— Desirée, me dijo, ¿al principio de cada día sabes exactamente todo lo que vas a hacer? —me preguntó.
Y mi respuesta fue un sincero No.
No sé necesariamente cada detalle de lo que ocurrirá. No puedo prever todos los imprevistos ni controlar todo lo que sucederá a mi alrededor.
Pero sí sé cuáles serán mis intenciones del día. Cómo me gustaría emplear mi tiempo y cómo quiero vivir ese día.
Sé cuáles son mis prioridades y qué espacio quiero darles.
A partir de ahí, la vida ocurre.
Hay cambios, interrupciones, oportunidades inesperadas y situaciones que requieren flexibilidad.
Tener un plan no significa vivir atrapada en él. Significa tener una dirección.
Planifica lo que aún no puedes planificar
—Entonces, ¿cómo haces para cumplir lo que planificaste, cuando te surgen nuevos imprevistos? —me dijo.
Y antes de que yo pudiese responderle, continuó:
—Es que la planificación no es para mí. En mi vida hay demasiados imprevistos.
Y comenzó a enumerarlos.
Su jefe que le pide cosas urgentes. Un cliente que la llama con un problema importante que no podía esperar. La escuela de sus hijos le avisa que hay huelga… mañana.
Sentí su preocupación y también su frustración.
Era como si una parte de ella quisiera planificar, pero otra estuviera convencida de que, en su caso particular, era simplemente imposible.
Comprendí perfectamente su punto de vista, porque yo pensé de esa manera durante mucho tiempo. Así que no pude evitar sonreír.
Todos vivimos rodeados de incertidumbre.
Y precisamente por eso, estoy convencida de que la planificación es vital, porque…
Los imprevistos también se pueden planificar
Ahí está la verdadera magia de planificar.
Planificar no significa decidir exactamente qué harás cada minuto del día.
No significa construir una agenda tan rígida que se rompa ante el primer cambio.
Planificar significa detenerte un momento para decidir qué es prioritario para ti durante un período determinado.
Cuando yo empecé a planificar, cometí el mismo error que Julia.
Intentaba organizar cada minuto de mi jornada. Pero, como empleada, aparecían solicitudes urgentes de mi jefa.
Me estresaba al tratar de hacerlo todo.
Hasta que entendí algo que lo cambió todo.
Los imprevistos necesitan su propio espacio.
Desde entonces, suelo reservar entre una y dos horas diarias para lo que llamo “tiempo para imprevistos”.
Son bloques en los que no planifico ninguna tarea específica. Son espacios abiertos para solicitudes inesperadas, urgencias o cambios de último momento.
Por supuesto, este margen debe adaptarse a la realidad de cada persona.
La experiencia será tu maestra
No existe una fórmula universal.
Por eso le dije a Julia:
—Empieza experimentando.
Planifica mañana solo una o dos actividades verdaderamente importantes y deja el resto abierto.
O haz lo contrario: organiza tu jornada como crees ideal y, al final del día, observa cuánto tiempo dedicaron realmente los imprevistos.
La experiencia será tu mejor maestra.
Poco a poco descubrirás cuánto espacio necesitas reservar para aquello que no puedes anticipar.
Porque los imprevistos no son el enemigo de la planificación.
Son una parte inevitable de la vida.
Y una buena planificación no consiste en ignorarlos, sino en hacerles un lugar sin permitir que gobiernen por completo tus días.