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¡Ay, qué rico!

Esta mañana, al caminar por el parque, me sorprendí diciendo algo que no decía desde hacía mucho tiempo:

“¡Ay, qué rico!”

Durante unos segundos dejé de pensar en todo lo que tenía que hacer. No estaba revisando mentalmente mi lista de tareas. No estaba resolviendo problemas.

No tenía prisa. Solo caminaba.

Y mientras lo hacía, solo sentía la brisa ligera que rozaba mi cara, los olores de las rosas, el ruido del agua a lo lejos.

Mientras caminaba, empecé a pensar en todas esas actividades que me hacen sentir de la misma manera, ésas que te sacan de la boca, sin darte cuenta un “!Ay, qué rico!”.

En mi caso, caminar es una de ellas.

Bailar, nadar, escribir, dar y recibir un abrazo sincero, también.

Son momentos que tienen algo en común: me hacen sentir viva. Me hacen disfrutar el instante presente. Me hacen pensar, casi sin darme cuenta: “¡Ay, qué rico!”.

Y entonces me hice una pregunta.

¿Cómo sería un día entero si estuviera compuesto principalmente por experiencias que nos hagan sentir así?

¿Cómo sería una vida en la que la mayoría de nuestras acciones nos generaran esa sensación de bienestar, de plenitud y de disfrute?

No se trata de vivir permanentemente de vacaciones, ni de eliminar todas las obligaciones. Se trata de identificar qué actividades nos llenan de energía y buscar la manera de darles más espacio en nuestras vidas.

A veces nos llenamos la cabeza de obligaciones y nos olvidamos del disfrute.

Queremos ser productivas, pero nos olvidamos de ser felices.

Pasamos horas haciendo cosas que nos drenan y apenas minutos haciendo cosas que nos llenan.

Por eso quiero dejarte una pregunta.

¿Cuáles son esas actividades que te hacen sentir un “¡ay, qué rico!”?

¿Cuáles de ellas harás hoy?

Si no hay ni una actividad plenamente satisfactoria en tu agenda, entonces es momento de dar un cambio.

A veces, una vida más feliz no requiere grandes cambios. Solo requiere más momentos que te hagan sonreír espontáneamente.