Imagínate a esta mujer.
Vamos a llamarla Mari Carmen.
Mari Carmen es lo que muchos llamarían una “luchadora”.
Se levanta temprano. Muy temprano. Sigue las rutinas que ha aprendido en libros, cursos y contenido de desarrollo personal: se para a las 5 AM, prepara la comida, organiza a su familia, cuida su imagen, hace ejercicio, medita o practica yoga, intenta escribir en su diario.
Quiere hacerlo todo bien. Todo perfecto.
Así transcurre su día. Esforzándose. Intentando hacerlo todo correctamente. Siendo disciplinada.
Pero hay un problema: A pesar de todo ese esfuerzo… no lo logra.
Se distrae. Y con la distracción, llega la culpa.
Intenta organizarse mejor. Planifica. Agenda. Reestructura. Pero vuelve a fallar.
Entonces hace lo que cree que debe hacer: se exige más. Y eso la lleva al agotamiento constante, la falta de entusiasmo, la insatisfacción, la culpa
Si te reconoces, si te ves reflejada en Mari Carmen, no estás sola.
Hoy en día hemos aprendido a pensar que si no tenemos la vida que queremos es porque hay algo mal en nosotras.
Que nos falta disciplina, motivación, los hábitos correctos.
Y sí, puede que eso influya. Pero ésa no es la verdadera pregunta
No se trata de preguntarte: “¿Por qué no lo logro?”
La pregunta real es: “¿Por qué dejo de hacerlo?”
El problema no es la falta de disciplina. No es la falta de motivación. No es la falta de esfuerzo.
El problema es otro. Crees que debes hacerlo todo. Crees que vives en un mundo de obligaciones. Crees que la palabra clave es el deber… y no el placer.
Hoy no te preguntes: qué debes hacer, qué tienes que hacer, cuáles son tus obligaciones. No te preguntes cómo ser más disciplinada, ni cómo esforzarte más, ni cómo organizarte mejor.
Hoy, haz algo distinto. Pregúntate “¿Qué quiero hacer?” “¿Qué me da placer?” “¿Cuándo me siento libre?” “¿Qué me hace feliz?”
Porque quizás, no necesitas esforzarte más; necesitas dejar de vivir desde el deber.