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El cerebro necesita variedad

Hoy fue un día especial. Por primera vez me vine a trabajar en un café. No en un espacio de coworking, ni en mi oficina regular, y tampoco en mi casa. Me vine a trabajar en un café. Y la experiencia fue mucho más gratificante de lo que me imaginaba.

Por una parte, me sorprende lo productiva que he sido esta mañana. He podido hacer más de lo que había planificado… y sin presionarme para nada. Al contrario, he disfrutado cada instante, y quizás por eso el tiempo me ha rendido muchísimo.

Por otra parte, me sorprendió lo mucho que los demás están presente en mi cabeza, en mis pensamientos. No hablo de mi familia, de mis colegas, de mis clientes; hablo de los otros clientes del café.

Cierto, he disfrutado de cada actividad que hago y he estado mucho más concentrada (quizás porque no tengo compañeros, ni familiares con quién hablar, ni tengo todo mi material que me puede distraer), pero están los demás clientes. La muchacha a mi lado, con sus medias pantys blancas y sus botines, que no para de teclear, el grupo de cinco influencers que discutían sus estrategias en las redes sociales, la muchacha en la esquina que no sé de qué habla, pero que lleva rato hablando por teléfono en mandarín (supongo).

Lo que me sorprende de todo esto es que, pese a que pienso mucho en los demás, sé qué hacen, veo cada cliente que llega, también he logrado concentrarme bastante y, sobre todo, he disfrutado mucho esta experiencia.

Si quiero concentración total, no sería en un café donde volvería, pero la experiencia sí la repetiría.

Porque la vida y el trabajo no solo se trata de concentración y productividad. El cerebro también necesita variedad.

Y tú, ¿cómo puedes variar en algo tus rutinas?